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    El mundo de Maud y Agrippa, Libro Primero

    Por J. K. Vélez

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    LIBRO PRIMERO: Emergiendo del olvido

    Capítulo I: El zumbido

    Maud se despertó en mitad de la noche. Ahí estaba otra vez. El zumbido. Aquel persistente e inexplicable zumbido. Pero hoy más fuerte que otras veces.
    Ni se le ocurrió despertar a su padre. Ya lo había hecho una de las primeras veces y el resultado había sido desalentador. Dean no podía oírlo. Decía que eran imaginaciones suyas.
    Pero no lo eran. Maud no se lo imaginaba. De acuerdo, era extraño que los adultos no pudieran oírlo. Pero era real. Quizá estuviera siendo emitido en frecuencias de intensidad infantil. O algo así.
    De todas formas Maud tenía trece años y cumplía los catorce en dos días. Ya no era tan niña. Quizá fuera un sonido de intensidad adolescente.
    Abrió el primer cajón de su escritorio y sacó la linterna. Si se daba prisa quizá consiguiera localizar el origen del zumbido antes de que se desvaneciera en la noche.
    Bajó las escaleras con sigilo. Los escalones crujieron bajo sus pies. Aquel sonido, afortunadamente, no bastó para despertar a su padre, que dormía en la única habitación del piso de abajo.
    Maud aguzó el oído. El zumbido persistía.
    Al pasar junto a la puerta de la cocina vio su propio reflejo en el cristal. Con el pelo rubio enmarañado, el camisón blanco, los brazos huesudos y la piel pálida Maud parecía un fantasma. Era, además, demasiado alta para su edad, mas no le desagradaba su aspecto.
    Salió al jardín y cerró la puerta a su espalda. Examinó los árboles, seis a cada lado dibujando el camino hacia la calle, mágicamente iluminados por la luz de la luna llena. Al principio había barajado la posibilidad de que aquel molesto zumbido que no la dejaba dormir fuese producto del ajetreo de algún tipo de insecto nocturno. Cuando se aproximaba a los árboles el zumbido se detenía y ya no volvía a escucharse hasta la noche siguiente, lo que en principio parecía apoyar esa teoría.
    Pero una noche el zumbido no se había desvanecido, desbaratando la teoría, y Maud había pasado de largo los árboles y aún persistía, y parecía venir de más allá, de la casa de enfrente. De la casa del loco.
    Maud lo había dejado correr entonces. No le había gustado la idea de aventurarse hasta allí de madrugada. Pero aquel misterio estaba empezando a resultar molesto, y esta noche Maud estaba resuelta a ir hasta donde hiciera falta para resolverlo. Incluso a la casa del loco.
    Al llegar al extremo sur del jardín, y aunque su prioridad era descubrir qué diantre producía aquel sonido, no pudo evitar agacharse para arrancar una zanorria del pequeño huerto. Le dio un mordisco nada más arrancarla, aunque estuviese llena de tierra.
    Cruzó la calle mientras masticaba. Allí el zumbido empezaba a notarse también en los huesos.
    La casa de enfrente y la suya eran gemelas. En toda la calle las casas se correspondían a pares, con los jardines enfrentados. El jardín de la casa del loco era una copia exacta del de su casa.
    El zumbido tampoco provenía de allí.

    - Hola, Maud -saludó la voz de un muchacho desde la oscuridad.

    Maud nunca había visto a sus vecinos. Tenía prohibido acercarse a aquella casa.
    El chico emergió de la oscuridad. También mascaba una zanorria recién arrancada. Era bastante más bajo que ella, pero quizá tuviera un año más. Su pelo oscuro y lacio le caía sobre los ojos y le tapaba las orejas. El tono moreno de su piel lo hacía contrastar con ella, pálida como la luna.

    - ¿Quién eres? -le preguntó Maud, sorprendida de que el loco tuviera parientes.
    - Soy Agrippa, pero tú ya me conoces.
    - ¿Te conozco? Creo que no te conozco.
    - Me conoces aunque no te acuerdes.
    - ¿De qué te conozco?
    - Hay una cueva al norte, antes de la bruma. La pintamos juntos con bisontes.

    Maud lo miró con creciente interés. Le gustaban las pinturas rupestres. Decorar una cueva con bisontes era una de las cosas que se le ocurrirían a ella.

    - ¿Vives con el loco? -preguntó Maud, a bocajarro. - ¿Es tu abuelo?
    - Vivo solo -contestó Agrippa.
    - Un chico de tu edad no pu
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