Hace 30 años, para el 7 de octubre de 1985, muy pocas personas, particularmente aquellos que no vivían en Ponce para esa fecha , sabían dónde quedaba la Comunidad de Mameyes. Posiblemente en esa fecha había gente que viviendo en Ponce tampoco conocía ese sector.
Ese trágico día, Puerto Rico supo donde existió el barrio Mameyes. Un deslizamiento de terrenos en la montaña donde ubicaba el sector arrasó con la comunidad que allí vivía, derribando decenas de casas y enterrando un número estimado de sobre 300 personas.
El porqué de la tragedia es una pregunta que muchas veces queda sin contestar. Para la comunidad de sobrevivientes de Mameyes es una pregunta que resuena a través de tres décadas.
De lo que se puso hacer se habla mucho. Pero nada se puede hacer para cambiar el pasado. Solo nos resta aprender de lo sucedido y tener mejor planificación para evitar una nueva tragedia.
Lo imperdonable es olvidar lo que ocurrió en Mameyes. Peor aún, olvidar a las víctimas que todavía están enterradas allí. En estas montañas había una comunidad que se desarrolló aún con limitaciones de estructura y recursos. Allí vivían hombres, mujeres y niños, la cara pobre de Ponce. Esa cara que habitaba entre nosotros y aún camina por nuestras calles y habita en los lugares que no todos visitamos y llamamos barriadas, comunidades de escasos recursos, e incluso “comunidades especiales.” Los lugares donde nos advierten ya sea por miedo y más que nada ignorancia que no visitemos.
Las barreras que se erigieron alrededor de la comunidad de Mameyes no fueron físicas, pero igual aislaron a los residentes de Mameyes del resto de la ciudad. Cuando ocurrió la tragedia las agencias municipales y estatales no tenían idea concreta de cuántas personas realmente vivían en ese sector. Las autoridades tampoco podían conocer el número real de personas que murieron en la tragedia, ni cuántas quedaron enterradas para siempre en lo que fue la comunidad.
El espíritu heroico y de unidad se apodero de todos en las semanas siguientes a la tragedia y cuando ya no se pudo hacer más se les prometió a los familiares de los desaparecidos que Mameyes sería recordado construyendo un parque a manera de monumento para celebrar la vida de la comunidad que habitó estas colinas. Se construyó el parque pero está abandonado, como ocurrió con los que vivían allí antes del desastre. Al desatender el monumento se permite que sea vandalizado y profanado.
Este libro es un llamado a recordar a Mameyes. No solo hoy. Siempre.
Ese trágico día, Puerto Rico supo donde existió el barrio Mameyes. Un deslizamiento de terrenos en la montaña donde ubicaba el sector arrasó con la comunidad que allí vivía, derribando decenas de casas y enterrando un número estimado de sobre 300 personas.
El porqué de la tragedia es una pregunta que muchas veces queda sin contestar. Para la comunidad de sobrevivientes de Mameyes es una pregunta que resuena a través de tres décadas.
De lo que se puso hacer se habla mucho. Pero nada se puede hacer para cambiar el pasado. Solo nos resta aprender de lo sucedido y tener mejor planificación para evitar una nueva tragedia.
Lo imperdonable es olvidar lo que ocurrió en Mameyes. Peor aún, olvidar a las víctimas que todavía están enterradas allí. En estas montañas había una comunidad que se desarrolló aún con limitaciones de estructura y recursos. Allí vivían hombres, mujeres y niños, la cara pobre de Ponce. Esa cara que habitaba entre nosotros y aún camina por nuestras calles y habita en los lugares que no todos visitamos y llamamos barriadas, comunidades de escasos recursos, e incluso “comunidades especiales.” Los lugares donde nos advierten ya sea por miedo y más que nada ignorancia que no visitemos.
Las barreras que se erigieron alrededor de la comunidad de Mameyes no fueron físicas, pero igual aislaron a los residentes de Mameyes del resto de la ciudad. Cuando ocurrió la tragedia las agencias municipales y estatales no tenían idea concreta de cuántas personas realmente vivían en ese sector. Las autoridades tampoco podían conocer el número real de personas que murieron en la tragedia, ni cuántas quedaron enterradas para siempre en lo que fue la comunidad.
El espíritu heroico y de unidad se apodero de todos en las semanas siguientes a la tragedia y cuando ya no se pudo hacer más se les prometió a los familiares de los desaparecidos que Mameyes sería recordado construyendo un parque a manera de monumento para celebrar la vida de la comunidad que habitó estas colinas. Se construyó el parque pero está abandonado, como ocurrió con los que vivían allí antes del desastre. Al desatender el monumento se permite que sea vandalizado y profanado.
Este libro es un llamado a recordar a Mameyes. No solo hoy. Siempre.