En el nuevo gobierno constituido, una dama de reconocida trayectoria pública, trigueña de gracia natural, arisca e inteligente, se eleva unos cinco centímetros de altura con sus tacones de los llamativos zapatos de fama para dejarse llevar con sus pasos rápidos por los amplios salones de la Cancillería, donde ocupa un alto cargo de confianza que pone a lucir sus años de existencia con los aplausos vividos para una reina de aquél pasado carnaval parroquial. Ágil en cuestiones internacionales, tratándose de fronteras, estricta en el cumplimiento de sus funciones, recibe un informe confidencial en esos momentos con datos muy reservados sobre un ex guerrillero que eventualmente hace alardes de presencia y contactos directos en el Palacio de Miraflores. Con la descripción detallada en sus manos, la dama de reconocida trayectoria pública, ejecuta señas a los subalternos para que den con él, lo más rápido posible y, lo pongan a las órdenes del ministerio.
Con escasos días de ordenado, ya estaba listo el cumplimiento por parte de la policía de seguridad, a través de un rotundo seguimiento. Lo encuentran con su mujer Minerva en pleno desayuno en el apartamento del edificio San José. Con mucha prudencia y sin órdenes judiciales, es conducido sin muchas explicaciones al sitio de trabajo de la dama de reconocida trayectoria pública.
-Doctora Josafat, con su permiso, aquí le traemos al señor solicitado por usted- le informa uno de sus subalternos.
-¡Pásalo de inmediato!
Al entrar a su despacho, se encuentra con una dama de aproximadamente unos treinta años, bien representados en una ejecutiva, sentada en un amplio escritorio con flores naturales amarillas y blancas colocadas al lado de su escritorio, en un envase de cristal. Ella se pone los lentes de pasta para darle más entonación a la seriedad del cargo que ocupa.
-¡Siéntase, por favor!- le ordena.
-¡Gracias!, ¿puedo acercar un poco más la silla?- él le señala.
-Si usted lo desea, puede hacerlo. –“Lo he solicitado con el único propósito de hablar personalmente con usted, referente a su experiencia en las fronteras que ha venido poniendo en práctica, muy especialmente con guerrilleros de distintos países.
Con escasos días de ordenado, ya estaba listo el cumplimiento por parte de la policía de seguridad, a través de un rotundo seguimiento. Lo encuentran con su mujer Minerva en pleno desayuno en el apartamento del edificio San José. Con mucha prudencia y sin órdenes judiciales, es conducido sin muchas explicaciones al sitio de trabajo de la dama de reconocida trayectoria pública.
-Doctora Josafat, con su permiso, aquí le traemos al señor solicitado por usted- le informa uno de sus subalternos.
-¡Pásalo de inmediato!
Al entrar a su despacho, se encuentra con una dama de aproximadamente unos treinta años, bien representados en una ejecutiva, sentada en un amplio escritorio con flores naturales amarillas y blancas colocadas al lado de su escritorio, en un envase de cristal. Ella se pone los lentes de pasta para darle más entonación a la seriedad del cargo que ocupa.
-¡Siéntase, por favor!- le ordena.
-¡Gracias!, ¿puedo acercar un poco más la silla?- él le señala.
-Si usted lo desea, puede hacerlo. –“Lo he solicitado con el único propósito de hablar personalmente con usted, referente a su experiencia en las fronteras que ha venido poniendo en práctica, muy especialmente con guerrilleros de distintos países.


