Octavio Santana Suárez expone con crudeza y descarnado realismo el alma del ser humano, de lo que él denomina la criatura. Su paz interior le permite adentrarse en las sutilezas del poder. Pinta con dureza los rasgos físicos y de personalidad del Mandamás: Aquel bribón plañidero que “invade, somete y desmembra con la mira puesta en la fortuna, el crédito, el prestigio y la gloria”. Sentencia con dureza que “la violencia precisa que se la disfrace con el nombre hipócrita de civilización”, que “en nuestro mundo abundan los truhanes”, que “triunfa el espabilado en lugar del letrado”, y que “prevalecen absolutamente la intriga y la corrupción: nadie se fía de nadie, y básicamente cada cual confía su seguridad a la astucia que logra desplegar”. Sintetiza el servilismo, de manera irónica, cuando escribe: “los perros antes que pactar con la jauría recurren al pastor”. Es crítico de la carencia de valores de nuestra sociedad contemporánea. Cuestiona nuestros mitos. Rechaza lo indulgente de nuestra civilización. Este ensayo refleja el espíritu buscador, universal y extremadamente humano de su autor. La frase final resume la obra: “¿Verdaderamente creaste al hombre? Debió de ser en tus comienzos —apenas un dios menor— y por esa circunstancia atenuante, no me rebelo contra ti, sencillamente denuncio el fracaso de la obra inacabada”.
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