El reloj estaba sobre una columna. Había un cuadrante en el que se incrustaba el triángulo de bronce que hacía sombra sobre los arcos marcando las horas. Para llegar a verlo, había que traspasar una especie de balcón circular que lo protegía. A los chicos no les interesaba, para ellos la diversión era colgar las piernas de los caños que lo rodeaban. Siempre alguno estaba usando los caños como barras de deslizamiento, pasándose de un lado al otro, para adentro y para afuera del círculo. Él pasó entre los caños. Se apoyó en la columna para ver de cerca. El cuadrante tenía dibujos que no comprendió. En ese momento se acercaron dos hombres y señalaron la sombra en el cuadrante y miraron varias veces hacia el cielo. Entonces, él imaginó que el reloj venía del cielo, que allí lo había puesto el abuelo para enseñarle algo, el abuelo sabía muchas cosas y desde el cielo sabría más porque se ve todo. Seguramente ese era el reloj del tiempo que había en el cielo. Fue esa idea la que le provocó el primer espasmo. Sentía que la cabeza y el estómago se le iban del cuerpo. “Soy el hijo de Eva Muller” repitió, mirando al cielo.
Cuando volvió en sí estaba sentado sobre las lajas grises y apoyado sobre la columna blanca, lentamente, se puso de pie y se sentó en uno de los caños inferiores y colgando los brazos en el de arriba. Con la mirada perdida, las pupilas fijas en las ramitas del pino y los labios apoyados sobre el caño de metal grueso y redondo que tenía gusto a hospital.
Desde esa tarde intentó repetir la experiencia. Volvía al reloj de la plaza. Pensaba en el cielo y trataba de caer en el vacío de ignorancia. El espasmo volvía y el decía su nombre y procedencia mirando hacia arriba. Se asustaba mucho, pero le encantaba sentir el vértigo de ese juego. Cuando creció, aquello fue perdiendo eficacia, pero no se rindió y se las ingenió para hacer más complejas sus ideas sobre el tema. Así
Cuando volvió en sí estaba sentado sobre las lajas grises y apoyado sobre la columna blanca, lentamente, se puso de pie y se sentó en uno de los caños inferiores y colgando los brazos en el de arriba. Con la mirada perdida, las pupilas fijas en las ramitas del pino y los labios apoyados sobre el caño de metal grueso y redondo que tenía gusto a hospital.
Desde esa tarde intentó repetir la experiencia. Volvía al reloj de la plaza. Pensaba en el cielo y trataba de caer en el vacío de ignorancia. El espasmo volvía y el decía su nombre y procedencia mirando hacia arriba. Se asustaba mucho, pero le encantaba sentir el vértigo de ese juego. Cuando creció, aquello fue perdiendo eficacia, pero no se rindió y se las ingenió para hacer más complejas sus ideas sobre el tema. Así


