Yiabbel nació con el otoño. Por eso a nadie le extrañó que fuese amarilla y naranja, como las hojas de los árboles antes de caer. Y era amarilla y naranja porque era un hada, una auténtica habitante del misterioso y escondido pueblo de las hadas.
Las hadas se parecen mucho a los hombres, pero son seres mágicos: tienen magia en la punta de los dedos. Y son de colores. Al nacer son como los bebés de los hombres, pero van tomando color poco a poco, y un día abren los ojos y despliegan las alas ¡y son muy hermosas! Quien ha visto una no lo olvida, pero casi nadie las ve.
Así, Yiabbel era un bebé de hada amarillo y naranja como otros son verdes y otros azules, o rojos o grises, pues todas las hadas son de colores y no hay dos iguales. Pero no es sólo el color lo que las distingue. Un hada de un río tiene una voz que recuerda al agua que salta entre las piedras, y una risa que parece también hecha de agua, pues el hada es el alma del río. Las hadas y duendes son reflejo de las cosas buenas y bellas que hay en el mundo. Están por todas partes pero no hay muchas, porque por desgracia a veces no hay nada bueno que reflejar. De todas formas, todavía nacen hadas. Nacen y crecen, y sienten pronto que están unidas por hilos invisibles a un lugar y que deben cuidarlo. Los sitios en que habitan las hadas son especiales y mágicos, porque las hadas están unidas a ellos como las plantas a la tierra, y quien pasa por uno de esos lugares siente una gran paz.
Así pues, Yiabbel nació en el pueblo de las hadas, pequeñita y de tonos dorados. Un bebé de hada muy bonito… pero por poco tiempo. Justo hasta el día en que abrió los ojos y las alas. De entre todas las criaturas mágicas que existen, las hadas son sin duda las más hermosas, son todas muy lindas, y siempre se ha dicho que esta es una norma sin excepción, aunque lo cierto es que sí existió la excepción: Yiabbel.
Las hadas se parecen mucho a los hombres, pero son seres mágicos: tienen magia en la punta de los dedos. Y son de colores. Al nacer son como los bebés de los hombres, pero van tomando color poco a poco, y un día abren los ojos y despliegan las alas ¡y son muy hermosas! Quien ha visto una no lo olvida, pero casi nadie las ve.
Así, Yiabbel era un bebé de hada amarillo y naranja como otros son verdes y otros azules, o rojos o grises, pues todas las hadas son de colores y no hay dos iguales. Pero no es sólo el color lo que las distingue. Un hada de un río tiene una voz que recuerda al agua que salta entre las piedras, y una risa que parece también hecha de agua, pues el hada es el alma del río. Las hadas y duendes son reflejo de las cosas buenas y bellas que hay en el mundo. Están por todas partes pero no hay muchas, porque por desgracia a veces no hay nada bueno que reflejar. De todas formas, todavía nacen hadas. Nacen y crecen, y sienten pronto que están unidas por hilos invisibles a un lugar y que deben cuidarlo. Los sitios en que habitan las hadas son especiales y mágicos, porque las hadas están unidas a ellos como las plantas a la tierra, y quien pasa por uno de esos lugares siente una gran paz.
Así pues, Yiabbel nació en el pueblo de las hadas, pequeñita y de tonos dorados. Un bebé de hada muy bonito… pero por poco tiempo. Justo hasta el día en que abrió los ojos y las alas. De entre todas las criaturas mágicas que existen, las hadas son sin duda las más hermosas, son todas muy lindas, y siempre se ha dicho que esta es una norma sin excepción, aunque lo cierto es que sí existió la excepción: Yiabbel.


